Correr es Global

on 24 Febrero 2014
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Las cosas del correr, que se puede practicar en cualquier lugar como por ejemplo en Gibraltar.

Recientemente y por motivos de trabajo de forma urgente he tenido que desplazarme a Gibraltar de lunes a viernes. Al preparar la maleta la primera semana del viaje me planteé qué meter en la ella. El primer viaje a un nuevo destino semipermanente siempre se plantea complicado ya que no estamos seguros del clima, no sabemos si habrá opciones de limpiar la ropa, qué tipo de ropa, por la posibilidad de disponer tiempo libre, etc. Inicialmente y por no llenar la maleta opté por no considerar el equipamiento de correr.

Por la mañana tenía que coger un avión a las 07:05 en Barajas, me desperté a las 05:00 y medio zombi decidí “qué narices, nunca se sabe” y metí en plan gurruño lo mínimo necesario para correr empezando por lo más importante, las zapatillas, las medias altas para proteger los gemelos, un pantalón corto y una camiseta técnica.

Una vez allí, el primer día la primera conclusión a la que llegué fue que no vi un lugar claro donde correr ya que no hay dos palmos de hierba o tierra a no ser que te pongas a correr roca arriba. La segunda conclusión fue que el concepto acera tampoco es que brille por su continuada presencia.

El segundo día a las 20:30 después de un intenso día de trabajo y de vuelta a mi hospedaje donde sólo me esperaba mi maleta, decidí lanzarme a la aventura de buscar una ruta con el aliciente de que sabía que por mucho que me perdiese (y me perdí) aquello no tenía mucha pérdida. Como nuestro entrenamiento entre semana suele consistir en sesiones de 11 o 13 km pensé que el perímetro de Gibraltar andaría por ahí, me equivoqué. A todo esto creo que soy el único Highlandsrunners que no tiene artilugio que mide distancia recorrida, tiempo empleado, tiempo medio, pulsaciones, etc, etc. Me lancé a la brava con la idea de correr aproximadamente 1 hora que equivaldría a unos 11 km a mi ritmo normal de entrenamiento. Empecé tomando como referencia el punto de la costa oeste más cercano a mi alojamiento. Este emplazamiento mira a la playa de La Línea y empecé a correr. Enseguida se puso de manifiesto que por el lado oeste de Gibraltar es imposible seguir el perímetro y empiezas a recorrer en un continuo zig-zag de calles. Por cierto, siempre corriendo sobre cemento, que no es lo ideal, pero es lo que hay, nunca mejor dicho; comencé a toparme con diversas paredes y vallas de la autoridad portuaria que me llevaron a una zona preciosa alrededor de la Marina deportiva denominada “Ocean” con un buen número de yates y cruceros de recreo.

La Marina tiene un aspecto moderno con bares y restaurantes muy concurridos teniendo en cuenta que era miércoles. Por cierto, estaba lloviendo ligeramente más bien un xiri-miri como en mi tierra, o sea, un calabobos. Dejé la Marina (todo un agradable hallazgo tanto que luego fui a cenar allí) y me dirigí corriendo a donde me permitía el teórico perímetro que pretendía marcar pasando por la piscina municipal, el campo de fútbol y de allí me topé con el aeropuerto que por si no sabéis resulta que es peatonal además de carretera abierta al tráfico.

Crucé la pista de aterrizaje con una impresionante vista de la bahía de la de línea de la concepción a la izquierda y me dirigí hacia la frontera no sin antes pasar por el Eroski y la gasolinera de CEPSA más grande que yo he visto en mi vida, un auténtico centro comercial. Después de estas curiosidades llegué a la frontera donde simbólicamente toque la pared de la comisaría británica después de pasar por la consabida típica cabina telefónica roja. Media vuelta y de nuevo en marcha hacia el aeropuerto, cruzar la pista de aterrizaje y enfilar al lado Este del Peñón. El paisaje cambió totalmente, esta zona está o no habitada o anclada en los años 60 en algunas de sus zonas. Se nota intención de renovar la zona ya que hay varias obras en curso. En este lado de la roca el perímetro es más evidente sin zig-zag. Corriendo tienes a la izquierda el recién bautizado Mar Mediterráneo y a la derecha el Peñón. Se pasa el hotel Caleta que se supone ser uno de los mejores restaurantes del lugar con unas vistas espectaculares.

Pasando el hotel te encuentras una pequeña villa de chalets pegados a la carretera literalmente encima de una pequeña playa. Hasta aquí todo el trayecto ha sido plano y de repente me encuentro con un túnel que no ofrece alternativa a no ser la de deshacer el camino andado. Ya es tarde, aproximadamente las 21:15, la noche cerrada y el oscuro túnel por delante o la alternativa de retroceder. Esta tesitura es la habitual en el corredor cuando se lanza por caminos nuevos ¿Sigo avanzando hacia lo desconocido o vuelvo hacia atrás? La respuesta suele depender del tiempo que se tenga, de cómo te encuentres físicamente y de lo aventurero que te encuentres ese día. Aplicando el principio de que hacia atrás ni para coger carrerilla, tiré hacia delante adentrándome en lo desconocido del túnel, por cierto, encima cuesta arriba. Aquello duró bastante o así me lo pareció, quizás 800 m de túnel medio a oscuras, cuesta arriba y sin aceras ni arcén. Como quería salir de ese error estratégico aceleré y al fin llegué a la salida.

Era de noche pero me pareció de día, estaba cansado pero me entró un soplo de energía, me arrepentí de meterme por el túnel pero me alegré de llegar al punto donde el Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo juntan sus mejillas. Precioso espectáculo nocturno con luz de estrellas y luna. Ya de nuevo en el lado oeste de la roca empecé a bajar la subida del túnel y llegué a un faro (por cierto, me fascinan esas construcciones), me equivoqué varias veces de camino por aquello de la Ley de Murphy y el despiste de la noche. Por dos ocasiones elegí el camino equivocado llegando a puntos muertos. Mis errores implicaron subidas y bajadas gratuitas, la recompensa fue encontrarme en el medio de la nada (en Gibraltar por pequeño que sea también existe la nada o eso lo parece de noche) una preciosa mezquita blanca y adecuadamente iluminada.

En medio de la noche iluminaba la mezquita. A la tercera fue la vencida y encontré el camino correcto que como no podía ser de otra manera por mucho que lo intenté evitar por dos ocasiones, era hacia arriba. Ya eran pasadas las 21:30, carretera estrecha, arcén inexistente, cuesta arriba y curva tras curva, claramente me encontraba ante mi segundo error estratégico. Al fin llegué al casco urbano, me empezaron a sonar las calles, tiendas, restaurantes, y al fondo volví a ver la torre de mi apartamento encima de la bahía de la línea. Cómo quien ve la meta de la maratón y dices para tus adentros “esto ya está hecho” apreté pensando que ya estaba en casa, pero no aún tuve un serpenteo entre calles y callecitas, de unos 15 minutos. A eso de las 22:00 llegué al apartamento cansado y con hambre. Lo segundo se resolvió volviendo a la Marina donde había visto los restaurantes y aunque tarde, encontré un indio donde me comí un “Chicken tikka Masala”, “Pilau Rice” y un “Naan Bread”, ¡nunca mejor dicho como un campeón!

Interesante experiencia deportiva, recorriendo historia, religión, gastronomía y como siempre aprendiendo de mis errores, en este caso dos y estratégicos ya que corrí ciertos riesgos innecesarios. Noventa minutos para recorrer un país por completo entre búsquedas de camino, túneles, pérdidas, subidas, bajadas.

¡El entrenamiento continua allí donde me lleve el destino!

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